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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

4 de febrero de 2012

“Te doy un corazón sabio y prudente” así responde Dios a Salomón, a la oración que le ha hecho solicitándole una sabiduría de corazón, para gobernar a su pueblo; cosa que como nos dice el texto sagrado agradó a Dios, porque pidió lo esencial para cumplir su misión. Le dijo Dios: por haberme pedido esto y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos; sino sabiduría para gobernar, Yo te concedo lo que me has pedido.

Hoy estamos aquí, no como cada uno de nosotros en lo individual; nos hemos congregado, como iglesia de Tlalnepantla. No hemos venido para pedirle a Dios, sí acaso así uno ha venido piénselo antes, para pedirle a Dios; no hemos venido a pedir por nuestra salud, por nuestras penas, por nuestras angustias. Hemos venido aquí como Salomón en el Santuario de Jerusalén, para pedirle a Dios lo que necesitamos para que nuestra iglesia de Tlalnepantla cumpla su misión.

Eso es lo que venimos a hacer; lo demás, como dice Dios a Salomón: de todos modos te lo concederé. Y te lo concederé lo demás porque estás siendo consiente de cual es la cosa más importante que me debes pedir, lo que se refiere a tu misión. Lo que se refiere en el caso de la iglesia de Tlalnepantla: anunciar a Cristo vivo, presente en medio de nosotros.

Vamos a tratar de reflexionar un poco a la luz de los siguientes textos esta consideración para que nuestra convicción sea profunda y nuestra súplica sea común. En esta hermosa casita del Tepeyac, aquí a los pies de nuestra Madre, la Morenita, Ella ve nuestras aflicciones, Ella conoce todos nuestros problemas, todos nuestros sufrimientos, todas nuestras desesperanzas, Ella sabe lo que nos duele: tanta muerte, agresión, violencia, injusticia, impunidad, no respeto a la dignidad humana.

Ella lo sabe, pero como su Hijo Jesús, también a nosotros nos pide centrarnos en lo que es fundamental y dejar que lo accesorio vaya siendo consecuencia de que nos dedicamos a lo central. ¿Qué es lo central? Que nuestra Iglesia cumpla su misión presentar a Cristo, transmitirlo como una experiencia viva, transmitir nuestra fe abierta y espontáneamente con nuestros testimonio alegre y feliz de ser discípulos de Cristo.

El texto de la carta del apóstol san Pablo nos dice que ha llegado la plenitud de los tiempos, que ya estamos en el tiempo del cumplimiento de las promesas, como Iglesia somos una promesa en cumplimiento, no es para mañana, para un futuro incierto es ya una realidad. Ya Dios envió a su Hijo, dice san Pablo, nacido de una mujer para rescatarnos, para hacernos hijos suyos. Este es el proyecto que está en proceso de cumplimiento en plenitud: la familia de Dios, los hermanos, respeto a la dignidad humana desde el que está por nacer hasta el que está por morir, respeto a la dignidad humana cualquiera que sea su condición social, su origen, su situación personal.

Así formamos la familia de Dios, pero para que esto se dé, dice san Pablo, puesto que ya son ustedes hijos Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, es decir Padre. Por eso es que ya no es promesa, es realidad, el Espíritu Santo está en cada uno de nosotros.

Muchos de ustedes se podrán preguntar ¿pero cómo lo descubro? ¿cómo lo percibo? este es uno de los puntos fundamentales de la formación de los discípulos, que debemos de organizar en nuestra parroquias ¿cómo formar para aprender a entrar en esa condición con plena docilidad al Espíritu de Dios para ser la voluntad de Dios Padre? Este es el punto central del discipulado; este es el punto medular para que no solamente tengamos feligreses que asistan a los templos, sino tengamos discípulos de Cristo en una experiencia comunitaria en sus parroquias.

Esta es la conversión pastoral a la que nos está llamando la Iglesia. Creer que de esta manera sea hace eficaz la transmisión de esa experiencia de Cristo vivo. Nadie lo podrá hacer aisladamente, ni yo como obispo, ni un presbítero aislado, ni un feligrés sólo. Lo tenemos que hacer en familia, en comunidad. Y nosotros somos una Iglesia muy densa, nos corresponden territorialmente a la arquidiócesis dos millones aproximadamente (números cerrados) de católicos. ¿Cómo conocernos dos millones de católicos? Aquí estamos una buena expresión de distintas parroquias, pero no somos más que una pequeña partecita de los dos millones. ¿Cómo podemos vivir está experiencia en comunidad, en Iglesia siendo tantos y con tantas características distintas, clases sociales de distintos niveles, diferentes urbanizaciones y sectores populares amplísimos y algunos en mucha pobreza? ¿cómo podemos expresar está experiencia de Cristo vivo, presente entre nosotros?

No se da por espontaneidad, es necesario trabajarlo. Por eso esta semana que acaba de pasar y la próxima semana están estudiando intensamente la metodología prospectiva nuestros vicarios episcopales y los decanos de la arquidiócesis, para luego acompañar a los párrocos en cada uno de sus decanatos. Pero todo será inútil si nuestro corazón no se abre a descubrir que esto no es una simple indicación del obispo, sino que es la manera de implementar en el mundo de hoy la misión de la Iglesia. Que descubramos lo que el Espíritu dice a nuestra Iglesia, que cada vez se desmorona en cuanto tejido social, que cada vez entra en un campo ambiguo y confuso de qué es el bien y qué es el mal.

Fíjense, como Salomón lo pedía, en la primera lectura, quería esa sabiduría de corazón para discernir entre el bien y el mal. Hagan una pequeña experiencia en su propia familia y verán que no se ponen de acuerdo en que cosas son buenas y en que cosas son malas. Va haber varias cosas que les va a decir algún miembro de la familia, depende de lo que uno quiera.

¿Qué es el bien y qué es el mal? es necesario trabajar en un proceso de pequeñas comunidades en las parroquias, muchas ya los tienen. Hay parroquias hasta 60 y 65 pequeñas comunidades. Hay otras con menor tamaño de comunidades, pero que todavía son pocas para que lo dos millones estén integrados en una pequeña comunidad. La tarea es grande y por eso nos viene muy bien ver el Evangelio el hoy. No hay que precipitarnos queriendo hacer las cosas de la noche a la mañana.

El texto del Evangelio de hoy, es continuación de un envío de misión que hace Jesús a sus apóstoles, para que aprendan el arte del apostolado, de la transmisión de la Buena Nueva, de que ya llegó la plenitud de los tiempos, de que ya está el Espíritu de Dios en medio de nosotros. Los apóstoles vuelven felices y Jesús los lleva, o los pretende llevar, a un lugar de descanso, tranquilo. Dice el texto: vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco, descanso. Sin embargo, dice el texto: eran tantos los que iban y venían que no le dejan tiempo ni para comer. Y entonces vemos la actitud de Jesús. Preocupado por el descanso de sus agentes de pastoral, pero al mismo tiempo sensible a las necesidades de las multitudes. Dice el texto: que vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor.

Así debemos de ser los sacerdotes y todos nuestros colaboradores, agentes de pastoral en las parroquias. Buscando, sí, nuestro propio ritmo de vida, pero al mismo tiempo nuestra gran sensibilidad, para dar de comer a estas multitudes con el Pan de la vida y la Palabra de Dios. Porque  sólo con este alimento, Palabra de Dios y Pan de la vida se formaran en firme las comunidades. Crecerán sólidas y serán capaces de extenderse y multiplicarse.

Hermanos, que estas breves consideraciones les hagan ver el anhelo de su obispo, de su pastor, no debemos de bajar los brazos y de pensar que las situaciones lamentables que vivimos son sin solución, son sin esperanza. Debemos de creerle a Jesús que está en medio de nosotros, debemos ponernos siempre en dinamismo, bajo la docilidad del Espíritu. Por eso estamos aquí, por eso les decía al inicio, no vengamos simplemente a pedir por nuestra necesidades individuales el Señor las conoce, nos conoce hasta el profundo de nuestro corazón. Vengamos por lo que es lo esencial.

Que esta iglesia de Tlalnepantla, en el contexto actual ante los desafíos tan fuertes que vivimos como sociedad, seamos capaces de testimoniar que el amor de Cristo se transmite a través de nosotros, que Cristo se hace presente a través de nosotros como Iglesia y que ese sea el atractivo, como dice el Papa Benedicto XVI, la fascinación que nos lleve a Jesucristo.

Preparémonos, así también, para ese momento que se acerca el próximo mes de la venida del Santo Padre en nuestra patria. Será una palabra de luz y de esperanza, para muchos nos confortará, nos consolará, nos animará, nos entusiasmará, porque él es el sucesor de Pedro y el Vicario de Cristo en la tierra.

Hoy pidamos, desde aquí, a nuestra Madre Guadalupe a quien él invocará en el Cubilete dedicado a su Hijo Cristo Rey. Pidámosle aquí a nuestra Madre, la Morenita: Madre enséñanos a ser fieles discípulos de tu Hijo y a dejarnos conducir por nuestros pastores en comunión con nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

Que así sea.

 
 
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