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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Briseño Arch, O.A.R., Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México, en ocasión de la peregrinación de la Universidad La Salle, a la Basílica de Guadalupe.

14 de febrero de 2012

Para entender en toda su profundidad esta celebración de los 50 años de la Universidad La Salle es importante que nos remontemos a hace 350 años atrás, cuando un joven de pocos años al contemplar en su país que la mayoría de los jóvenes, en especial los más pobres, se quedaban sin educación; iluminado por Dios sintió el impulso a consagrar su vida a la educación de estos jóvenes.

Con el paso del tiempo vio la necesidad de formar a muchos profesores y es fundador de lo que hoy entendemos por escuela normal; su entrega hizo que muchos hombres quisieran seguir su ejemplo y así fundó la Sociedad de las Escuelas Cristianas, su obra ha crecido a lo largo de los siglos y muchas generaciones, inspiradas por este gran santo de la Iglesia, san Juan Bautista de la Salle, han continuado su labor.

Hoy los hermanos Lasallistas están presentes en 85 países, con 75 universidades y centros de negocios y cientos de instituciones educativas, atendiendo una población de 1 millón de alumnos, con más de 75 mil docentes.

En 1962, uno de sus discípulos, el Doctor Manuel de Jesús Álvarez Campos replanteó este sueño del fundador y así se inicia la Universidad La Salle, respondiendo a las necesidades sociales de nuestro país que comenzaba a industrializarse.

La universidad en un principio contó con escuelas de preparatoria, contaduría y administración pero poco a poco, de una forma sencilla y como el grano de mostaza, fue creciendo contando actualmente con su preparatoria, 30 licenciaturas, 35 especialidades, 21 maestrías y doctorados con una población de diez mil estudiantes y alrededor de mil maestros.

Por eso hoy todos ustedes han venido a reconocer y a darle gracias a Dios por este gran don de la Universidad de La Salle. Darle gracias a Dios es tomar conciencia de que todos nosotros somos beneficiarios de este gran don que Dios ha inspirado en estos hermanos nuestros que han recibido un llamado de Dios y han querido entregar su vida a la educación; una acción de gracias que no solamente la deben dar los alumnos, los maestros, sino toda la sociedad mexicana que ha sido beneficiada por este gran don, incluso me atrevería a decir que otras personas más allá de nuestras fronteras.

Ya san Lucas en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles nos señalaba que la vida del hombre es un camino hacia a Dios que todos debemos de recorrer precisamente el peregrinaje que acaban de realizar hacia la Basílica de Guadalupe, es un signo de que nosotros vamos en camino que donde estamos no es nuestra realidad permanente que siempre tenemos que buscar algo más allá de nosotros mismos; es decir, siempre tenemos que buscar esa trascendencia en nuestra vida.

Estos 50 años son un camino que han recorrido muchos hombres y mujeres a lo largo de su vivencia en esta universidad muchos de ellos que ya no están con nosotros pero que nos han dejado la estafeta y una responsabilidad para cumplir este camino que terminaremos cuando nos encontraremos con el Señor, pero mientras debemos de ir caminando hacia esa plenitud de nuestra humanidad en este camino acompañando a otros hermanos y hermanas que van en ese mismo peregrinaje.

Dicen que por los frutos los conoceremos, nosotros podemos conocer el prestigio de la Universidad La Salle por tantos profesionistas que han egresado de ella y hoy desempeñan un papel muy importante en nuestra sociedad.

La educación, queridos hermanos, es tarea de todos pues de una o de otra manera todos nosotros somos educados por los demás, como nosotros también tenemos el deber de educar a otros hermanos. Este es el mensaje que continuamente nos trasmiten nuestros Hermanos de las Escuelas Cristianas o comúnmente les llamamos nuestros hermanos Lasallistas. Con su consagración nosotros como Iglesia somos la continuación de la presencia de Cristo en la historia y como fieles discípulos suyos  tenemos como encomienda prioritaria promover a todo ser humano y a todo el ser humano para que viva en su plenitud conforme a su vocación última y definitiva.

La Encarnación de Jesús no sólo es un mensaje espiritual como a veces ha sido interpretado, es una realidad concreta que permanece continuamente en la historia acogiendo todo lo humano y ampliando sus posibilidades de realización en la situación concreta que cada quien vive nadie puede ser privado de este don el ser agradecidos por los dones que Dios nos ha dado por medio de esta universidad inspirada por Él, nos permite tomar consciencia de ese regalo de Dios y también nos responsabiliza a cada uno de nosotros para seguir tratando de conservar y enriquecer esta muestra del amor de Dios.

Y ahí que no sólo venimos a darle gracias a Dios sino también pedirle a Dios comprometiéndonos, claro está, a poner nuestro granito de arena para que esta universidad pueda cumplir su misión y siga siendo fermento en la sociedad en la que vivimos.

El compromiso, queridos hermanos, es de todos: directivos, administrativos, maestros, alumnos, ex alumnos, padres de familia, hermanos Lasallistas, sacerdotes y hasta un servidor. Quisiera recordar tres aspectos que el nuevo Rector de la Universidad subrayó en su toma de posesión y que a mi parecer veo que son inspirados por Dios para mantener y continuar la obra que Dios realiza desde la universidad frente a los modelos culturales inconsistentes que hoy contemplamos en nuestra sociedad; frente al reto del hombre moderno dividido en sí mismo, reduciendo la naturaleza humana sólo a una dimensión de su ser. La universidad heredera de una antropología cristiana busca integrar las distintas dimensiones del hombre la intelectual, la técnico-profesional, cultural-humanística, la trascendente, la física y la social.

Consideró a la persona como un ser unitario y total por eso busca un alto nivel académico para proyectarlo en la vida seguir desentrañando el misterio del hombre y su sentido de vida profundo, aprovechar  las nuevas tecnologías que la sociedad actual nos ofrece, generando en los alumnos la inquietud de la investigación que ayude al hombre a sanear su humanidad y encaminarla hacia su plenitud. Una universidad que genera sólo intelectuales, sin proyección en la sociedad, no cumple de forma plena su misión. La universidad debe de motivar hombres y mujeres que incidan en la sociedad dignificándola, logrando así que sus conocimientos se apliquen a la sociedad en la que vivimos.

Frente a una sociedad que se empeña en subrayar lo individual y lo subjetivo, cayendo en el relativismo y en la anarquía de la vida; la universidad está llamada a potenciar lo comunitario, el aprender a vivir y a trabajar en comunidad de ahí el lema de la universidad: indivisamente unidos permanecen. Como dice el rector, la universidad debe de ser un espacio donde se enseñe a trabajar cooperativa y colaborativamente; el hombre solo no puede encontrar su plenitud, como nos lo señala Génesis que es un verdadero tratado de antropología.

Por eso es necesario potenciar la corresponsabilidad de todos, todos somos importantes y todos tenemos: nadie de nosotros es tan pobre que no pueda dar algo y tan rico que no necesite de los demás. Todos debemos de vivir en esta contínua  sinergia de relaciones interhumanas frente a una humanidad que reduce su ser y quehacer sólo a lo eficiente, a lo inmediato e inmanente y que ignora la presencia de Dios en su vida. El ser humano, como les dije antes, está llamado a trascender. Primero trascender hacia Dios y minimizando su vida; es decir, iluminándola desde Él y también hacia los demás con el poder que nos da la educación dándole a los otros la posibilidad de crecer.

En especial a los más pobres y desvalidos de nuestra sociedad acercándonos a los que no piensan como nosotros buscando lo que nos une con los seres humanos, no lo que nos separa, como nos lo recordaba constantemente con su vida el beato Juan Pablo II, de feliz memoria. Para todos nosotros, todo ello se reúne en la frase que el Hermano General, Álvaro Rodríguez Echeverría de los Hermanos de las Escuelas Cristianas ha dicho en una ocasión: “En el fondo eso espero; que viviendo la experiencia de un Dios siempre cercano seáis una comunidad en camino con un proyecto futuro a partir de los horizontes del presente”.

Antes de terminar esta breve reflexión quisiera, representando indignamente al Cardenal, trasmitirles el mensaje que él me encomendó: Queridos hermanos de las Escuelas Cristianas, quiero agradecerles y reconocerles públicamente el bien que han hecho a la Arquidiócesis de México, el apoyo que siempre han mostrado a la Iglesia local en la que están trabajando que es un ejemplo para todos nosotros; la solidaridad que han tenido  con esa iglesia con todos los sacerdotes, con todos los religiosos que se acercan a la universidad y animarles a que sigan enriqueciendo a esta Ciudad de México y en ella también a esta nación y este mundo que nos toca vivir

Que santa María de Guadalupe, estrella de la mañana, interceda para que Dios le siga inspirando a cada uno de ustedes y a todos nosotros a seguir siendo instrumentos para favorecer la educación en México.

Que así sea.

 
 
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